
«No sé qué me pasa. No tengo motivos para estar triste, pero lo estoy. Me siento vacío por dentro.”
Esto lo escucho más de lo que me gustaría. Me lo dice gente que tiene trabajo fijo, pareja, amigos, casa pagada y buena salud.
El contraste llega con personas que, sin tener nada de lo anterior, viven con plenitud.
¿Por qué?
La fórmula que nos vendieron no funciona
Observa los consejos que recibimos desde bien pequeños:
- Estudia una carrera con futuro.
- Consigue un trabajo para toda la vida.
- Compra una casa.
- Invierte tus ahorros.
- Cásate y forma una familia.
Estos consejos no tienen por qué llegar de tus padres o hermanos. Los recibes a través de series, películas, canciones, libros y redes sociales. Están por todas partes.
¿Sabes cuál es el error?
Todo.
Algunas personas alcanzan lo que la sociedad desea y descubren que el runrún continúa. La sensación de vacío no desaparece. Y entonces llegan a esta conclusión:
«Lo he conseguido todo y sigo sin sentirme pleno, el problema soy yo”.
Y no eres tú. Es la fórmula que nos han vendido desde pequeñitos.
La estabilidad material y afectiva es importante porque cubre necesidades reales. Pero no cubre tus propias necesidades.
Hay una capa más profunda de la que casi nadie habla. La de vivir tu vida. No la que se espera de ti.
En consulta, cuando rascamos un poco, suelen aparecer cosas parecidas.

Personas que reciben un salario de seis cifras anuales por estar haciendo cosas que no desean. Personas que eligieron una carrera porque era lo que se esperaba de ellos. Personas que mantienen relaciones correctas, pero sin conexión real.
Lo hicieron porque tocaba. Y lo hicieron tan bien que nadie, ni ellas mismas, se dieron cuenta que habían desconectado de lo importante.
¿Cómo se manifiesta el vacío?
Cada persona lo vive de forma diferente.
Algunos muestran apatía. Otros se irritan sin motivo, como si la vida les debiera algo. También los hay que se aíslan del entorno.
Son las consecuencias de una vida construida hacia fuera.
Si crees estar en ese caso, estas son las señales de alerta:
- Te emocionas poco. Ni muy arriba ni muy abajo. Todo plano.
- Te cuesta recordar la última vez que hiciste algo solo porque te apetecía.
- Imaginas cómo sería «dejarlo todo» pero no sabrías ni por dónde empezar.
- Usas el móvil, el tabaco o el alcohol como vía de escape.
- Tienes la sensación de estar viviendo en piloto automático.
Si te reconoces en algunas de estas señales, hay una parte de ti que te está pidiendo algo.

¿Qué hacer para llenar ese vacío?
No estoy diciendo que tengas que dejarlo todo y marcharte a una cabaña. No es eso. Es algo más sutil y al mismo tiempo más profundo: reconectar con lo que de verdad te importa, no con lo que se supone que debería importarte.
Identificar qué partes de tu vida son decisiones tuyas y cuáles son inercias heredadas. Y darte permiso para sentir que algo no encaja sin que eso signifique que eres un fracasado.
En terapia, este trabajo no va de «encontrar tu propósito» como si fuera un objeto. Va de parar, escucharte y empezar a distinguir tu voz. No la de tus padres ni la de la sociedad. La tuya.
Porque el vacío no es el enemigo, sino el mensajero.
Y es una buena señal que aparezca. Significa que dentro de ti una parte sigue muy viva y se niega a conformarse con “la vida perfecta”.
Si llevas tiempo sintiéndote así y no sabes por dónde empezar, un espacio de terapia puede ayudarte. No porque estés enfermo, sino porque todos pasamos por momentos complicados. Y ahí, alguien que te haga las preguntas correctas es la clave para salir adelante.
Soy Arancha, psicóloga especializada en adultos y familias. Desde nuestro centro de El Puerto de Santa María trabajamos con personas que están exactamente en este punto. También atendemos online.
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