Querido/a amigo/a:
Te escribo desde Ceuta cuando han pasado ya DOS MESES, SESENTA DÍAS, desde que comenzó una situación que jamás debería haberse prolongado hasta convertirse en parte del paisaje cotidiano de nuestra ciudad. Sesenta días durante los cuales quienes vivimos aquí hemos contemplado cómo algo extraordinario, que debería haber provocado una respuesta inmediata del Estado, ha ido peligrosamente camino de convertirse en normalidad. Y quizá sea precisamente eso lo que más miedo me produce: no solamente lo que está ocurriendo, sino que llegue un momento en que quienes están lejos de aquí dejen de sorprenderse al verlo.
Porque CEUTA NO PUEDE CAER EN EL OLVIDO.
El Gobierno Central, de quien depende Ceuta en todo lo referente a inmigración, no ha dado después de dos meses una solución real al problema de quienes han entrado masivamente en nuestra ciudad. Hemos visto campamentos, instalaciones provisionales y nuevos espacios habilitados: medidas que gestionan las consecuencias, pero no solucionan el problema que las provoca.
Y los ceutíes conocemos demasiado bien lo peligrosa que puede ser una palabra cuando una Administración la pronuncia: «TEMPORAL».
En 2021 se instaló cerca del aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife, el campamento de Las Raíces, concebido inicialmente como una instalación temporal. Más de cinco años después continúa allí.
Mientras tanto, asistimos además a lo que muchos de quienes vivimos aquí percibimos como una sucesión de bombas de humo informativas. Aparece una nueva polémica, una nueva historia que ocupa durante días la conversación pública y Ceuta desaparece un poco más de las portadas. Pero Ceuta no ha desaparecido. Los inmigrantes siguen aquí. Los campamentos siguen aquí. La presión sobre nuestros servicios sigue aquí. EL PROBLEMA SIGUE AQUÍ. Cada jornada sin una solución efectiva convierte lo extraordinario en cotidiano.
Mientras tanto, nosotros seguimos trabajando, criando a nuestros hijos y pagando nuestros impuestos como cualquier ciudadano español, mientras una cantidad ingente de recursos públicos se destina a sostener una situación que, SESENTA DÍAS DESPUÉS, SIGUE SIN ESTAR RESUELTA.
Y quiero dejar algo meridianamente claro: esto no debería ser una cuestión de quién esté al mando, ni de colores políticos, ni de siglas, ni de izquierdas ni de derechas. Esto se trata de España.
Se trata de Ceuta, una ciudad española que nunca perteneció al Estado marroquí y cuya vinculación histórica con España es anterior a la configuración del Marruecos contemporáneo.
Mientras tanto tenemos al país vecino, ese Marruecos con el que España presume tantas veces de excelentes relaciones diplomáticas y cuya colaboración resulta fundamental para controlar una frontera que no es únicamente española, sino también europea.
Desde Ceuta y Melilla lo observamos inevitablemente de manera distinta a como puede observarse desde un despacho situado a setecientos kilómetros del Estrecho. Recordamos la Marcha Verde. Recordamos el Sáhara. Y sabemos que Marruecos mantiene allí un muro de más de 2.700 kilómetros custodiado por decenas de miles de soldados.
Por eso resulta inevitable preguntarse: ¿cómo puede existir capacidad para custodiar miles de kilómetros de muro en mitad del desierto y, sin embargo, no existir capacidad —o voluntad suficiente— para custodiar eficazmente la frontera terrestre entre Marruecos y España?
Porque esa frontera no es solamente la frontera de Ceuta. ES FRONTERA DE ESPAÑA Y DE EUROPA.
Quizá seas tú, querido/a melillense, porque quienes viven allí conocen perfectamente hasta qué punto las reivindicaciones sobre ambas ciudades forman parte de determinados discursos del país vecino.
Quizá seas tú, querido/a canario/a, porque tampoco necesitas imaginar qué significa la presión migratoria: en apenas cuatro días han entrado más de 1.500 inmigrantes por las costas de Canarias y muchos, según las informaciones que estamos recibiendo, han sido rescatados cuando todavía se encontraban en aguas marroquíes.
Quizá seas tú, querido/a andaluz/a, porque tampoco faltan quienes hablan de «recuperar Al-Ándalus».
O quizá seas sencillamente tú, querido/a español/a, porque SOMOS ESPAÑOLES, habitantes de una misma nación y, cuando una frontera española es desbordada, importa bastante poco por qué flanco haya ocurrido.
Quienes vivimos aquí sentimos que nuestra ciudad ha sido invadida mediante una entrada masiva de personas que no tenían autorización para acceder a nuestro territorio, mientras muchos tememos algo todavía más grave: que esa presión migratoria pueda terminar siendo utilizada, deliberadamente o de facto, como instrumento de presión política y territorial.
Por eso necesitamos que se siga hablando de Ceuta.
Y mientras todo esto ocurre, nuestra sanidad evidencia hasta dónde pueden estirarse los recursos de una ciudad limitada territorialmente. Ciudadanos que acuden a Urgencias son derivados a centros de salud; otros llevamos meses esperando cambios de médico o determinados especialistas y recibimos siempre la misma respuesta: no hay cupo, no hay médicos suficientes, no hay enfermeros suficientes.
No estoy diciendo que se deje morir a nadie delante de un hospital ni que una persona herida no deba recibir asistencia. Una sociedad civilizada atiende a quien se encuentra en una situación de urgencia.
Estoy diciendo algo distinto:
EL ESTADO NO PUEDE EXIGIR SOLIDARIDAD INFINITA A UNA CIUDAD CON RECURSOS FINITOS.
Ceuta tiene límites. Su territorio, sus centros sanitarios, sus médicos, sus fuerzas de seguridad y sus espacios públicos tienen límites. Y, aunque a veces parezca que nadie quiere recordarlo, la paciencia de sus ciudadanos también.
Necesitamos seguir estando en los medios cuando haya desaparecido la novedad. Necesitamos preguntas incómodas, periodistas que sigan viniendo y cámaras que continúen mirando hacia aquí cuando aparezca inevitablemente la siguiente noticia que monopolice las portadas.
Porque quizá lo más peligroso ya no sea siquiera que España ignore lo sucedido.
Lo verdaderamente peligroso es que España se acostumbre. Que primero deje de sorprendernos, después deje de indignarnos, más tarde deje de interesarnos y finalmente, cuando haya pasado suficiente tiempo, simplemente lo olvidemos.
Por eso te escribo a ti, querido/a amigo/a.
A ti, querido/a melillense.
A ti, querido/a canario/a.
A ti, querido/a andaluz/a.
A ti, querido/a español/a.
No te estoy pidiendo que vivas en Ceuta para comprendernos ni que compartas todas y cada una de mis palabras. Te estoy pidiendo algo muchísimo más sencillo: NO TE OLVIDES DE CEUTA.
Porque Ceuta también es tuya. Porque quienes vivimos aquí somos ciudadanos del mismo Estado, nuestros hijos son españoles como los tuyos y los policías y militares que hoy custodian nuestras calles y nuestra frontera sirven al mismo país al que perteneces tú.
Y, sobre todo, porque nuestra frontera…
ES TAMBIÉN TU FRONTERA.
CEUTA ES NUESTRA CASA.
CEUTA ES ESPAÑA.
Y cuando una parte de España lleva sesenta días pidiendo que la escuchen, lo mínimo que puede hacer el resto del país es no mirar hacia otro lado.
NO NOS OLVIDÉIS.
Javier Santana
Canario de nacimiento. Ceutí de adopción. “Caballa” de corazón.

