jueves, septiembre 3

Descubrí Zuheros buscando un alojamiento, y me llevé mucho más.

No recuerdo la última vez que me fui un fin de semana sin pensar en el trabajo.

Supongo que, como nos pasa a muchos, cogí la costumbre de responder un mensaje mientras tomaba un café, mirar el correo antes de acostarme o aprovechar cualquier rato para hacer «una cosa rápida».

Por eso, cuando llegué a Zuheros, hubo algo que me llamó la atención incluso antes de fijarme en las casas blancas o en el castillo.

El silencio.

No ese silencio exagerado del que hablan algunos anuncios. Uno normal. Ese que hace que escuches los pasos mientras paseas, el viento moviendo las ramas de los olivos o una conversación tranquila en una terraza.

Tardé unos minutos en darme cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin escucharlo.

No conocía Zuheros.

Había visto fotografías, claro, pero nunca había estado. Pensaba que vería un pueblo bonito, pero lo que no esperaba es lo que realmente viví ese fin de semana aquí.

Salimos a pasear sin una dirección fija, llegamos hasta el Castillo de Zuheros y en el camino nos cruzamos con tres vecinos, los tres nos saludaron.

Parece una tontería hasta que te das cuenta de que en muchas ciudades llevas meses sin hablar con alguien que no conoces.

Quizá por eso tiene tanto sentido que Capricho de Zuheros esté precisamente aquí.

Conocí primero el ático. Nada más entrar al alojamiento, caminé directamente hacia la terraza, fue inevitable. Me quedé un buen rato allí, con las maletas todavía sin deshacer.

Desde aquí se veía prácticamente Zuheros entero. Las casas blancas, la montaña rodeándolo todo y ese silencio del que ya me había dado cuenta al llegar. Pensé que, si me hubieran dicho que no podía entrar todavía al apartamento, me habría dado exactamente igual. Con aquella terraza ya tenía medio fin de semana hecho.

Después, fui abriendo puertas y cada habitación del piso, me sorprendía más que la anterior. Abrí un par de cajones en la cocina y fue suficiente para imaginarme cocinando allí esa noche sin echar en falta nada. Por la noche, decidí no poner alarma, total, siempre me levantaba a las siete de la mañana. Al día siguiente, amanecí a las nueve y veinte. Hacía años que no me pasaba.

Cuando entré en el baño, no me imaginé ni por un segundo que encontraría una ventana pequeña, desde la que se ve la montaña. Me quedé un rato mirando.

No encontré esa decoración recargada que a veces intenta convencerte de que estás en una casa rural. Aquí todo tiene un aspecto más limpio, más contemporáneo. Se nota que han querido que el protagonista siga siendo lo que hay fuera de las ventanas.

En mi segunda escapada, conocí Casita Capricho.

Es distinta, más íntima. No intenta parecer la hermana pequeña del ático, tiene personalidad propia.

Tiene ese tamaño justo para que no sobre nada ni tampoco eches en falta. Es de esos sitios donde acabas dejando el teléfono encima de una mesa sin acordarte de volver a cogerlo durante un buen rato.

Abrí el frigorífico y encontré tres botellas de vino que nos habían dejado para nosotros. Fui a buscar un sacacorchos, y encontré dos.

Pero si tuviera que quedarme con algo del viaje, probablemente no hablaría del apartamento.

Hablaría de Carlos y María.

Antes incluso de salir de casa ya tenía un mensaje suyo en el teléfono explicándome cómo llegar sin perder tiempo. Más tarde les pregunté dónde comer. Esperaba un enlace de Google Maps o una lista con diez restaurantes.

En lugar de eso recibí un mensaje que decía esto:

«Si llegáis con hambre, no entréis en el primero que encontréis. Id mejor aquí. Pedid esto. Luego me contáis.»

Esa misma noche cenamos en el sitio que nos recomendaron. Al terminar la cena, mi pareja me miró y me dijo: “ahora entiendo por qué insistieron”.

Durante el resto del fin de semana fue igual, tuve la sensación de que alguien quería que disfrutara del pueblo tanto como lo haría él.

Creo que esa es la diferencia y quizá la mejor forma de explicar este lugar.

El domingo volví a casa. Dejé la maleta en el dormitorio y preparé la ropa del lunes. Mientras la lavadora terminaba, me di cuenta de que hacía mucho que no disfrutaba tanto de un fin de semana.

Y creo que esa es la mejor forma que tengo de explicar lo que encontré eligiendo Capricho de Zuheros.

Si te apetece descubrirlo por ti mismo:

DIRECCIÓN: C. Barrera, 6, planta 2, 14870 Zuheros, Córdoba