domingo, octubre 4

El talismán del Diablo: la novela fantástica olvidada de un filólogo español del XIX

En la Carrera del Darro, una de esas calles de Granada que parecen más un pasadizo entre épocas que una vía urbana convencional, hay edificios que no solo se contemplan: se escuchan. Entre el rumor del agua, la piedra antigua y la sombra de la Alhambra, la ciudad conserva una densidad histórica difícil de igualar en Europa. Allí se alza la Casa de Castril, palacio renacentista que hoy alberga el Museo Arqueológico, y que parece resumir en su fachada una idea esencial de Granada: el pasado no está atrás, sino incrustado en el presente.

Sobre su piedra se lee una frase que ha intrigado a visitantes durante generaciones: «Esperándola en el cielo». No es solo un lema decorativo; es casi una declaración de intenciones, una forma de recordarnos que la historia de este lugar nunca se agota del todo. En ese mismo edificio vivió durante años una figura hoy poco conocida fuera de los círculos académicos, pero extraordinariamente singular en la historia intelectual española del siglo XIX: Leopoldo Eguílaz y Yanguas, catedrático de Árabe, decano de la Universidad de Granada, filólogo, arqueólogo y, antes que nada, lector profundo del mundo.

Su biografía parece escrita desde varias disciplinas a la vez. Nacido en Mazarrón, en Murcia, Eguílaz llegó a Granada y encontró en la ciudad algo más que un destino profesional: encontró un sistema de pensamiento. En una época en la que el orientalismo europeo oscilaba entre la fascinación estética y el reduccionismo colonial, él adoptó una posición distinta. No veía el pasado islámico de la península como una reliquia exótica ni como un episodio cerrado, sino como una capa viva de la identidad española. En las inscripciones árabes, en los restos mudéjares y en los textos antiguos, percibía una continuidad cultural que desafiaba las narrativas simplificadoras de su tiempo.

Eguílaz y Yanguas fue uno de los grandes orientalistas españoles del siglo XIX. Su cátedra de Árabe y Literatura Española lo situó en un cruce intelectual poco habitual, donde el estudio de las lenguas no era solo una herramienta académica, sino una forma de interpretar la historia. Introdujo además el sánscrito en su ámbito de trabajo, ampliando el horizonte de los estudios filológicos en España hacia tradiciones lingüísticas y culturales hasta entonces marginales. Su erudición, sin embargo, nunca se encerró en la biblioteca: Granada fue su laboratorio intelectual, una ciudad que le ofrecía una lectura permanente de su propia complejidad histórica.

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Pero antes de consolidarse como académico, antes incluso de ocupar su lugar en la universidad, escribió una obra que hoy sorprende por su audacia temprana. En 1853, con apenas veinticuatro años, publicó una novela que no seguía los cauces habituales del romanticismo histórico español. No recurrió a la Reconquista ni a la idealización medieval, sino a un imaginario mucho más amplio, vinculado al Oriente fantástico y a las tradiciones esotéricas: El talismán del Diablo.

La novela se abre con una intensidad narrativa poco común en su tiempo. Un pirata turco, una cautiva sometida a fenómenos inexplicables y un castillo donde lo visible y lo invisible se confunden establecen desde el inicio un universo literario de alta densidad simbólica. A partir de ahí, la historia se expande como un entramado de obsesiones, fuerzas ocultas y pasiones desbordadas.

El pirata, dominado por los celos y la inquietud, busca respuestas en un maestro sufí que pronto revela una naturaleza ambigua. Más que guía espiritual, resulta ser un nigromante que manipula los acontecimientos con el objetivo de acceder a un talismán protegido por una figura sobrenatural: una hurí, hija de Iblis, el Diablo en la tradición islámica. Este objeto —el talismán— actúa como núcleo narrativo y simbólico, articulando la trama en torno a la idea del poder, el deseo y la transformación.

Lo interesante de la obra no es solo su argumento, sino su coherencia interna. Eguílaz construye un sistema narrativo donde lo mágico no es un adorno, sino una lógica alternativa del mundo. Los espectros atraviesan espacios físicos, los talismanes prometen juventud o dominio, y los personajes no luchan únicamente entre sí, sino contra fuerzas que apenas comprenden. El resultado es una novela que dialoga con el imaginario de Las mil y una noches, pero también con el romanticismo fantástico europeo, donde lo sobrenatural se convierte en una extensión de la psicología humana.

En ese sentido, El talismán del Diablo no es una simple obra de juventud. Es un texto que anticipa preocupaciones posteriores del propio Eguílaz: la relación entre lenguaje y realidad, la persistencia de los símbolos, la convivencia entre culturas y sistemas de creencias. Su conocimiento del mundo islámico, del sufismo y de las tradiciones esotéricas no es superficial ni decorativo; forma parte de una estructura intelectual sólida, inusual en un autor tan joven.

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La reciente recuperación de esta novela por parte de Editorial Deméter ha permitido redescubrirla bajo una nueva luz. La editorial, especializada en rescatar obras decimonónicas olvidadas, apuesta por textos que habitan los márgenes del canon literario, especialmente aquellos vinculados al gótico, lo extraño o lo fantástico. En esta edición, el trabajo visual de la ilustradora Irina Hirondelle amplifica la atmósfera del relato: sus imágenes no ilustran simplemente escenas, sino que prolongan el estado emocional de la obra, reforzando su carácter onírico, inquietante y profundamente simbólico.

El volumen se enriquece además con un estudio del profesor Fernando Figueroa, que analiza el grimorio conocido como Las clavículas de Salomón. Este texto, fundamental en la tradición de la magia ceremonial occidental, permite comprender mejor el trasfondo cultural que late en la novela de Eguílaz. Sellos, talismanes, invocaciones y estructuras simbólicas no aparecen aquí como invención aislada, sino como parte de una tradición esotérica que atraviesa siglos y culturas. La lectura del estudio no solo contextualiza la obra, sino que revela hasta qué punto el imaginario de la magia formaba parte del horizonte intelectual del siglo XIX.

El resultado de esta edición es una relectura completa de Leopoldo Eguílaz y Yanguas. Ya no solo como filólogo o catedrático, sino como autor de una literatura de frontera, donde la erudición se mezcla con la imaginación y la historia con el mito. En su obra temprana se percibe una intuición que recorrerá toda su trayectoria: la idea de que el conocimiento no se limita a describir el mundo, sino que también puede transformarlo simbólicamente.

Quizá por eso su figura encaja tan bien con la Casa de Castril, ese edificio granadino donde vivió durante años y donde el pasado parece seguir respirando. Entre sus muros, la frase “Esperándola en el cielo” no suena a despedida, sino a promesa de continuidad. Algo similar ocurre con la obra de Eguílaz: textos que no se cierran del todo, que siguen abiertos a nuevas lecturas, como si la literatura misma fuera un talismán capaz de convocar mundos, de atravesar el tiempo y de devolvernos, una y otra vez, a la misma pregunta esencial: qué parte de la historia sigue, en realidad, esperando ser contada.